miércoles, 30 de marzo de 2016

LA MASCARA





       Llega el momento en que nos deshacemos de la careta y aparece nuestro verdadero yo; aquel que no es perfecto, el que olvida dar los buenos días, un beso o un te amo a quien le acompaña en su lecho de amor.

Llegan los días grises, donde empiezan las dudas, los celos, las inseguridades, te preguntas donde están los detalles amorosos, las caricias, las mañanas apasionadas.

Extrañas aquellos días donde no era suficiente el tiempo que pasaban juntos, porque era una verdadera delicia estar planeando con entusiasmo el futuro, ahora opacado por la barrera del costumbrismo.

Un café, una revista, o un teléfono siempre distrae a alguno de los dos. Al despedirse por si acaso un tibio beso, y empiezas a darte cuenta que, si bien no son los mismos de antes, existe aún el amor.

Llega la noche, lo he recibido con una cena especial; conversamos, nos reímos, recordamos muchas cosas, ya sin caretas, reconocimos nuestros errores, y aprendimos a querer al otro yo, ese que no es perfecto, el que se distrae, el que olvida, el que a veces necesita su espacio; nos mostramos como somos, con muchos defectos, porque estos son mutuos, porque nadie es perfecto y nosotros no somos la excepción.

 

 

 

 











lunes, 7 de marzo de 2016

REFLEXION



                                  






      Alondra bajó lentamente la escalera, imaginó que ahí estarían sus padres sentados como siempre, él leyendo algún artículo, ella viendo el televisor.

     —Uf, —lanzó una exhalación de aburrimiento, segura de que la reprenderían—. Bajo con desgano y el descaro que la caracterizaba; últimamente nada de lo que hacía les parecía, sus pantalones demasiado ajustados, sus faltas muy cortas, las notas escolares fatales, sus amigos unos vagos, en fin, ya estaba acostumbrada, solo los escucharía mientras cenaba y se iría a su habitación, ocuparía su teléfono o su laptop y chatearía con sus amigos. 

  —No tengo que escucharlos mucho tiempo. —se dijo sarcástica, sonriendo con descaro.

    Conforme se acercaba a la sala, empezó a sentir sus rodillas flaquear, un vacío en el estómago, un nudo en la garganta que amenazaba con ahogarla; hizo una pausa antes de llegar, se recargo en la pared, evitó la sala y se dirigió a la cocina; tomó un vaso de leche, al terminarlo, quedó como paralizada mirando el vacío de este, perdiéndose en sus memorias, recordó la última escena donde sus padres discutían como solían hacerlo. 

  —Me esfuerzo para que estudie, para que tenga una profesión. —Gritaba enérgico y enfadado su padre.

     —Solo tú te esfuerzas? ¿Y qué hay de mí? —pregunto furiosa su madre.

    Alondra sentada a su lado se limitaba a escucharlos; sus voces parecían eco, nada la alteraba, burlona los miraba. Sabía que después de la tormenta llegaba el silencio; sentados uno frente al otro, como si no existieran, como dos desconocidos.

    Dejó el vaso en la cocina...desde del velorio no había llorado, su abuela la había querido llevar a su casa, pero con sus ya 19 años ella quería vivir sola, sentirse libre.

    Por fin después de largo rato se acercó a la sala, miró los asientos donde solían sentarse sus padres, estaban vacíos, ya no había gritos, solo silencio absoluto.

    Se sintió terriblemente sola, no le importaría escuchar sus reproches, o sentir su indiferencia, solo quería sentirlos cerca; imagino a su padre con su cigarrillo, con ese gesto adusto que le acompañaba, leyendo su periódico, pudo sentir su mirada de desilusión, después miro el asiento vacío de su madre, imagino verla con esos ojos cansados marchitados, que reflejaban tanta soledad.

    Alondra subió a su habitación, miró atenta su reflejo en el espejo, sorprendida le alarmó su delgadez, se veía descuidada, recordó que llevaba días sin comer; las fiestas y el licor habían hecho estragos en su cuerpo, parecía una chica desnutrida, en ese momento se preguntó, cuáles eran sus sueños, sus metas, y se dio cuenta que…no tenía ninguno. 

    Pasó horas sentada observando su celular, su computadora, en silencio, se daba cuenta que nada llenaba su vida, como si viera sus años consumidos en esos aparatos, en esas desenfrenadas fiestas. Recordó las palabras de su abuela, quien, con sus ojitos humedecidos, tomaba sus manos para enlazarlas suavemente con las suyas.

    —Alondra, hija, hubo un terrible accidente y… tus padres no sobrevivieron cariño. —Alondra guardó absoluto silencio por un largo rato, nunca derramo una lágrima, nunca dijo nada, ni durante el velorio ni en el funeral; la gente se acercaba a dar el pésame, pero ella parecía ausente, al llegar a casa, durmió por muchas horas, y había despertado pensando que era una pesadilla. 

    Una lágrima asomó a sus ojos, ahora se daba cuenta que estaba sola, que bajaría y no vería nunca más a sus padres, ya no más regaños, ya no más gritos, solo silencio, un total silencio. 

     El llanto se hizo más y más abundante, por un momento pensó que se ahogaría, al fin ya calmada, bajo a la sala, se perdió en ese cuadro familiar, recordó que en esa época solían reír, jugar, platicar, no podía decir con certeza que fue lo que los separó, tal vez la amante de su padre, la rebeldía de ella, o el silencio y conformismo de su madre.

    Marco el teléfono, se escuchó la voz de su abuela.

    —¿Abuela? —Su voz ahora era frágil, temerosa, apenas audible—. ¿Puedes venir? los ojos de Alondra se llenaron de lágrimas, al otro lado de la línea podía oír que su abuela lloraba.

    —Si hija, claro, no estás sola, aquí estoy para ti.

    Alondra ilusionada y agradecida colgó el teléfono, descolgó el cuadro de sus padres, y subió los escalones hacia su habitación; recogió sus libros, los limpió y los acomodo en su librero, limpió su habitación, colocó el cuadro de sus padres a un lado sobre su buró, —nunca más los desilusionaré, —prometió con una sonrisa triste— se sentó tranquila y espero a la abuela Jacinta.

    El tiempo y la vida se van, disfruta cada momento, fija metas, ten sueños, valora a cada persona en tu camino, porque un día despertarás y todo se habrá ido, te miraras al espejo, y te devolverá una imagen real y cruda, sin caretas, sin escudos, ruega por que haya alguien que recoja tus cenizas que, a pesar de tu soberbia, se haya quedado a tu lado.

 

 

lunes, 11 de mayo de 2015

Misterio en el Cielo


     

     Una tarde ya al oscurecer llegó mi papá cansado como todos los días, pero esta vez, estaba más callado que de costumbre.

     Se quitó los baratos y ya desgastados zapatos, frotando con alivio sus pies, levantó la mirada y observó largamente a mi madre, quién lo miraba curiosa e intrigada por el nada usual silencio de mi padre, quien al fin dijo:

    —¿Creerás madre lo que vi esta mañana?, «madre, era como él acostumbraba dirigirse a ella», cerró los ojos, como aún pensado si lo que había visto podría ser verdad.

    —Iba bajando el cerro, —explicó aún exhorto en sus pensamientos— cuando a mitad del cerro me pareció ver salir de entre las nubes un enorme pájaro, —¡pero un pájaro gigante! —exclamó aún sorprendido.

   —Nunca he visto algo así, —enfatizó.

   Hizo una pausa al ver el incrédulo rostro de mi madre.

    —¡Es verdad, te lo juro!

     Caminó y encendió como era su hábito un cigarrillo. Yo escuchaba curiosa la conversación; en definitiva, estaba asustada, para entonces era una niña. Desde ese momento empecé a cuestionarme, y llegué a pesar que, tal vez, había un mundo o una dimensión que, de alguna forma, a veces enlazaba en el nuestro.

    Por supuesto contar una historia así en un pueblo chico era imposible, nadie lo creería, es más pensarían que estabas loco, lo más prudente era no comentarlo, y así fue, el asunto fue olvidado.

    Así pasaron muchos años, y toda la vida me acordé de esa historia,¿ habrá existido un ave tan grande, con alas del tamaño de una casa?
 

    —Una tarde de esas pocas donde una conversación te lleva a otra, comenté el suceso con una familia, quienes corroboraron la historia de mi padre, me explicaron que, efectivamente, existieron rumores y la gente contaba que lo habían visto de lejos, e inclusive, oído como aleteaba en los techos de sus casas.

    Ahondando más en la historia, me explican que hace años, donde la familia vivía, una mañana estaban tomando sus alimentos, cuando escucharon que unos aleteos se acercaban con fuerza a su casa, y repentinamente oscureció.

    —¿Oscureció? ¿Literalmente? —pregunte intrigada, —bueno, no tanto—aclaró ella—. Era la sombra de las alas del ave acercándose que hacían que se viera como que si se hubiese ocultado el sol.

     ¿Y ustedes salieron? ¿ Lo vieron?, — pregunte emocionada— No mija, nadie salió solo nos quedamos quietos, callados, hasta que sentimos que se fue, salimos y ya no vimos nada.

    Ahora en las atardeceres, a veces subo a mi balcón, y miro mi ciudad, una ciudad que ha crecido mucho, donde sus mañanas y atardeceres son calurosos, y pienso en esas aves,  ¿Será que algún día veré ese enorme pájaro con esas gigantes alas?¿Existe un túnel que conecta la prehistoria y nuestra actualidad? ¿Tal vez, un mundo paralelo? ¿O todavía existirán esos gigantescos pájaros? Y si es así, ¿por qué ha visto más avistamiento de los mismo? Un tema de muchas dudas y controversias...